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Memoria de la Melancolía

Inici » Club de lectura: Memoria de la Melancolía de Maria Teresa León

Aquest mes llegim:

Memoria de la Melancolía de Maria Teresa León (Editorial Renacimiento)

Per què hem triat aquest llibre?

• Perquè Maria Teresa León es una escriptora molt interessant que malgrat això ha estat sempre amagada sota el nom de “dona de Rafael Alberti” i ens sembla profundament injust.
• Perquè al llarg del curs 2026-2027 sentirem parlar molt del centenari de l’anomenada “Generación del 27” de la qual totes i tots recordem un munt de noms…..masculins, però ens costaria dir algun nom de dona malgrat van tenir un paper fonamental en els canvis que es van produir en l’època.
• Perquè també ens ha semblat que llegir un llibre de memòries –que es llegeix com una novel.la-, que no havíem fet encara a les nostres trobades, podia ser interessant.
• Perquè la memòria de la Maria Teresa León ens remet a un passat encara molt present al país, i perquè potser els temps que vivim ens obliguen a recordar per a no deixar que la història es repeteixi.
• Perquè la qualitat literària de l’autora és inqüestionable i volem que sigui una trobada plaent per qui la coneix i una troballa lluminosa per qui la descobreixi de nou.

Un tastet....

Llegaba decidida a todo, a abrazar las esquinas, a besar el asfalto, a encontrar hermosas las miradas, las sonrisas, los pasos, los maniquíes de las tiendas, las puertas rotas, los remiendos de las fachadas caducas y vencidas, olfateadas de perros, frotadas de gatos y ausentes de palomas. Había decidido dentro de sí la urgencia de agarrarse con las dos manos a todo lo que había huido desde tiempo remoto, pues todo para ella había consistido en llegar, cambiar, echar a andar, encariñarse e irse. «Las cosas de los mortales todas pasan…».

Desde niña, desde muy pequeña la habían zarandeado bien con aquel padre militar que se cansaba de todo y pedía un nuevo destino y estaba contento unos años y luego languidecía y se iba agriando. Niña de militar inadaptada siempre, no niña de provincia ni de ciudad pequeña con catedral y obispado y segunda enseñanza… con amigas de paso y primaveras acercándose cada año a la niña, coloreándola, obligándola a crecer y a estirarse. La vida parecía hecha para acomodar los ojos a cosas nuevas: veraneos, parientes y luego a comparar: esto es mejor que lo otro. Aquí las nubes pasan más de prisa. Tonta, es el viento. Llueve menos. Las iglesias se caen de feas. No me gusta rezar. ¿Y los chicos?

Los chicos eran siempre iguales, torpes, engreídos de serlo, audaces, candidatos inexpertos al premio mayor. Bah, nada. Manos largas. Ya no los recuerda. Los rostros han huido. Eran los chicos, el beso, la punta del pezón apretada, la mano por la pierna… ya no recuerda nada: apenas algún temblor, el viento que miraba desde lo alto de los árboles, los ojos de las cosas reprochándole al regresar a casa… Y los relojes que la madre detenía para esquivar el tiempo y la abuela los ponía en marcha uno después de otro, para mortificar. Se han disuelto las imágenes, pero no las voces. La niña sigue oyendo frases enteras, están ahí las lamentaciones por el padre fiel, la lucha contra la polilla del rostro que va avanzando y se ve en los espejos, el grito de la ira, la disputa… ¡No vayas! Voy. ¡Es peor! No puedo soportarlo. Todas lo hemos soportado. Yo, no. Imbécil.

Las voces solas se han quedado dentro. Mejor no oírlas. Tapizarse los oídos, subirse las sábanas hasta los ojos, huir de aquello que amorató su vida. Por favor, cierra la puerta. No quiero oír mi infancia. ¡Qué lástima no haber sido retrato mudo como los de aquellas lejanas señoras con plumas de avestruz, que saludaban como los caballos de las carrozas en los desfiles que nos llevaban a contemplar! Álbum viejo, roto, deslucido, húmedo de lágrimas, lágrimas de errores castigados, palabras indiscretas y la mala fe que rodea a los niños para evitarles sufrimientos… dicen. Aquella muñeca grande, grande, que rompieron ellos al discutir y me aseguraron que aquellos ojos, caídos dentro de la cara de porcelana rosa, eran mi culpa por haberme dormido, abrazándola… ¡Mi culpa! Entonces no existían perros de terciopelo y sí únicamente servilletas con las que un tío, de cuando en cuando, fabricaba conejos que yo creía eran los que cría el campo, tan vivos eran, con sus orejas, su piel, su rabito y hasta los ojos, dos alfileres negros. ¿Cómo podían ser de otro modo los vivos? Se dejaban acariciar en fila todas las servilletas-conejo sobre la mesa mientras el tío desordenaba platos y cubiertos, asomando con la risa sus dientes idénticos como las teclas del piano que mi madre no tocaba ya. Los conejos estarán unidos para siempre a la bulla, a la risa, al olor de la buena cocina y a la doncella que se ruborizaba cada vez que servía al señorito, que era militar. Detrás de ese olor quedaba el de mi madre, heliotropo o violeta, o el de mi abuela, sándalo o madera orientales o el del mirador abierto sobre unos jardines y una iglesia y un hospital donde los oficiales del ejército convalecían. Era hermoso ver tanto cielo los días de tormenta, metidos los chicos en el cajón de agua que resbalaba el mirador, sentados, silenciosos, graves, casi viejos, contemplando la ira de las nubes y dentro del almita una ligera duda de si nuestros pobres pecados pequeñitos no habían sido los desencadenadores de aquel zigzag de fuego que arrastraba un trueno en cada cola. Aquella imagen del misterio celeste con todo su complejo de culpa, regresaba a ella cada vez que debía enfrentarse con la encarnizada batalla de las nubes los días de tormenta. Tata María prendía la vela de los trisagios al fondo de la alcoba, sobre un mueble, al pie de un San José que nos habían asegurado era milagroso como un buen hombre pobre que no tiene nada que dar. Los chicos recibíamos el beneficio de la humedad por las naricillas tiernas, sensibles a los grados eléctricos de los rayos y las centellas, sabiendo que, si los truenos se espaciaban de la chispa, llegando después del deslumbramiento del relámpago, ya no podrían hacernos ningún daño.

Era una calle que terminaba bien. Los declives bajaban hasta un río minúsculo y por las cuestas iban plantando árboles y poniendo césped. En las tardes, el sol cruzaba el chorro de las mangas de riego y nosotros contemplábamos atónitos el arco iris. Poca vida pequeña. Paseos. Un cestillo con algo para comer a media tarde. Un poco de reposo en algún banco. Conversaciones en francés, niños que no se atrevían a acercarse a nosotros. Juegos tontos, olvidados. No era de buen tono detenerse a mirar cómo jugaban los otros chiquillos, empeñados en meter bolillas de colores en un hoyo. Ni desear los refrescos de los puestos de horchatas, que en verano se multiplicaban por el paseo. A veces conseguíamos detener al barquillero. ¡Oh, ces enfants! Y regresábamos con un larguísimo bastón de obleas en equilibrio. Decididamente no sé hablar de felicidad ni de desgracia. Todo ha naufragado. Lejanamente una muchacha vuelve a casa con los ojos turbados por lo que vio, y la mano, oculta dentro del guante, le parece de plomo.

Data:

dijous 29 d’octubre a les 18:00 hores

Idioma:

Català

Lloc:

UNED Barcelona
Av. Rio de Janeiro, 56-58
08016 – Barcelona

Coordina l’activitat:

Glòria López Forcén

Espai on es realitza:

pendent

Aquesta activitat (gratuïta) requereix inscripció prèvia:

Més informació:

UNED Barcelona
Av. Rio de Janeiro, 56-58
08016 Barcelona
93 396 80 59
activitats@barcelona.uned.es